domingo, 22 de mayo de 2016

"El ruido de un trueno", de Ray Bradbury

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:
SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.
Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta. (Ray Bradbury: "El ruido de un trueno")

miércoles, 11 de mayo de 2016

Ceguera moral


"Hay, siempre ha habido, tres razones para estar asustado. Una ha sido (es y será) la ignorancia: no saber qué pasará a continuación, cuán vulnerables somos a los golpes, qué tipo de golpes serán y de dónde procederán. La segunda fue (es y será) la impotencia: la sospecha de que no hay nada o prácticamente nada que podamos hacer para evitar un golpe o desviarlo cuando nos alcance. La tercera fue (es y será) la humillación, derivada de las otras dos: la amenaza inminente a nuestra autoestima y a la confianza que depositamos en nosotros mismos cuando se revela que no hicimos todo lo que podríamos haber hecho, que nuestra falta de atención a las señales, nuestras indebidas dilaciones, nuestra indolencia o falta de voluntad es en gran parte responsable de la devastación causada por el golpe." (Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis: Ceguera moral)

viernes, 6 de mayo de 2016

El gato que venía del cielo


"Arrebatado por el entusiasmo, el niño jugaba a menudo en la zona donde el sendero giraba sin
dejar de proferir en ningún momento unos gritos agudos. Rara vez tenía ocasión de cruzarme con él,
dado que nuestro ritmo de vida era muy distinto: yo solía quedarme hasta la medianoche inclinado
sobre la mesa de trabajo. Sin embargo, un día se escuchó: «¡Quiero quedarme con el gato!». La voz
que manifestaba con toda claridad la voluntad infantil franqueó el muro y llegó hasta la mesa donde
disfrutábamos de un desayuno tardío. Unos días antes, había visto a un gatito que iba y venía a
saltitos por el minúsculo jardín del pabellón, que solo servía para tender la ropa, y al escuchar la voz
del niño no pude evitar una sonrisa.
Cuando más adelante lo pensé, comprendí que fue en ese instante cuando todo se desencadenó."