Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de
vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No
podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que
perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a
fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres,
dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que
Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales
aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del
cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo
se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua
se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió
en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego
otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de
brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma
inició la acusación que había preparado ("He vengado a mi padre y no me
podrán castigar..."), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya
había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no
podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le
quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el
teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras
palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo
venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...
La historia era increíble, en efecto, pero se
impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de
Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el
ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno
o dos nombres propios.
