- Está escrito que Alá pierde a los que quiere perder, hermano.
Está escrito. ¿Te acuerdas del noble Azerbaijan? Le dejaste por muerto junto a
la silla del Buda, pero vivió el tiempo suficiente para hacerle jurar a mi
madre que yo, su hijo, lo vengaría. Me ha sido fácil encontrarte. Mi madre
sabía que tú vendrías a Tánger a deslumbrar a los creyentes con tu fortuna
robada.
Gruesas gotas de sudor crecían
en la frente de Mahomet. Su boca entreabierta dejaba ver el fondo de la
garganta, y no se atrevía a moverse. Sabía que el barberillo estaba allí
trabajando en el Bazar de los Sederos hacía dos años con el exclusivo fin de
tomarse venganza cortándole el pescuezo.
-Puedes rezar "la oración
del miedo" -susurró el hombre de Ceilán-. Quizá el Misericordioso te la tenga
en cuenta.
A pocos pasos del sedero sus
camaradas, agrupados en torno de un vendedor de té, reían una historia de
mujeres negras. Y ellos no sospechaban que él estaba entre las manos de un
hombre que, dentro de algunos instantes, lo degollaría como a un cordero,
profundamente; y ya sentía el filo de la navaja penetrar en su carne, y quería
gritar y no podía. Grandes nubes rojas circulaban frente a sus ojos; el hombre
de Ceilán le parecía un gigante inclinado sobre él entre bloques de montañas
escarlatas. Dentro de su cuerpo una tensión misteriosa le asfixiaba,
retorciéndole fibra por fibra; de su enemigo ahora solo distinguía la doble
hilera brillante de los blancos dientes; y, de pronto, al sentir el frío acero
rozando su piel un dolor atroz como si fuera un dolor de muelas en el corazón,
le paralizó la respiración. Y súbitamente, el corpachón encogido se relajó
sobre el respaldar del sillón, y la cabeza se deslizó hacia un costado.
El mancebo retrocedió. Un hilo de sangre escapaba de
la boca del sedero. Y el mancebo comprendió que Mahomet se había muerto de
miedo.(Roberto Arlt: "Acuérdate de Azerbaiján")