El último invierno antes de la Quema fue feroz. Una capa de
hielo fina e invisible se posó en el pueblo, borró el cielo y fundió todos los
días en un mismo día. Los fuegos ardían en las chimeneas pero no lograban
calentar las casas. Por las mañanas salíamos
apalear la nieve para despejar la entrada de la casa aunque sabíamos que
con este tiempo no íbamos a ir a ninguna parte y que nadie iba a acercarse
hasta nuestra puerta. Murieron muchos perros y animales de granja. Sólo las
bestias salvajes lograron sobreponerse por un tiempo breve, alojándose en lo más
profundo del bosque, buscando el resguardo de los árboles. Confiábamos en que cuando
llegara la primavera, que cuando llegara el verano, las cosas iban a mejorar. Pero
se deshizo la nieve y todo siguió igual. Como si el invierno hubiera agarrotado
la tierra y le hubiera matado el corazón y nada bueno pudiese salir ya de su
seno.
(Ariadna Castellarnau: “Quema”)
Ariadna Castellarnau es un caso atípico entre los españoles (o catalanes) que emigraron a Argentina. Ella eligió vivir en Buenos Aires para escribir notas literarias en diversos medios periodísticos y para encontrar la voz con que justamente escribe. Y sobre todo eligió salvarse de la quema que nos asola cuando quieren obligarnos a aceptar las costumbres que nos imponen. Frente a ese conductismo, eligió reconocerse en lo que hace, aunque se obligue a habitar un lugar en el que está pero no del todo.
Los cuentos que leemos en Quema reflejan el mundo en que vivimos. No desconocemos ese futuro postapocalíptico porque lo vemos en las calles y en las noticias, aunque sea de reojo. Pero cuando la violencia es insoportable los cuentos se detienen y se alejan,y entonces también podemos salvarnos.
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